Cinco de la mañana, la ciudad moribunda, un colectivo sin pasajeros ni vagabundos-el vagabundo nunca conforma la categoría de pasajero, no es ninguna otra cosa más que vagabundo en todas partes- y en el último asiento Proserpina espera llegar a su destino. Sus piernas flacas ya no sienten el frío, los huesos le duelen pero ya no siente dolor, el frío calma todo. Sus ojos negros se pierden en el reflejo oscuro de los vidrios, que de casualidad están limpios. Perdida en el traqueteo del colectivo piensa que fue un día enfermizamente normal, como ayer, como el anterior y como el anterior a ese anterior. El chofer silva un tango medio chamamé mientras se detiene para que suba otro pasajero. Claudio sube con las rodillas entumecidas por la dureza climática de la madrugada, un saco azul viejo y gastado, un flequillo mal cortado y algo parecido a una biblia bajo el brazo.
Se sienta en el tercer asiento, mira como si estuviera perdido y algo nervioso no deja de mover una pierna. Tiritando, junta las manos, se las lleva a la boca dejando un hueco entre mano y mano y se las sopla en su intento de combatir el frío.
El chofer continúa el habitual recorrido a una velocidad de guepardo, frena de golpe, alguien se atraviesa en el medio de la calle y por milímetros no es reventado por el bondi. El conductor baja a corroborar si está bien, Fernando, el tipo en el medio de la calle, absorto en quien sabe qué cosa, se disculpa sutilmente. Sube al colectivo, pide cambio a los únicos dos pasajeros, ninguno ayuda, putea en voz baja y se baja indignado. Camina hacia la estación pateando una lata de cerveza y Proserpina se cuestiona si debió haberse puesto esa ropa o la que dejó en la cómoda cama, en su cómoda casa, donde vivía su cómoda vida.
Esa era Proserpina, la tipa sensible y profunda que se consternaba al ver a la miseria humana pero estaba tan ocupada en sí misma que le bastaba con colaborar con alguna moneda con algún pibe de la calle.
Un viento despeinaba la ciudad, los autos más veloces que de costumbre cortaban el crudo invierno. Proserpina caminaba hacia su casa no casa mirando desde afuera su vida no vida pasando por esa plaza que es tan suya.
Una plaza, un banco con olor a pis de gato de plaza, un arbolito despidiendo savia y hojas flacas, dos viejas, muy distintas entre ellas pero las dos viejas y cansadas.
La conversación entre dos viejas giraba en torno al clima, lo único de lo que siempre hablan los viejos. El tiempo, las nubes, el reuma, el sol, la lluvia, el dolor de huesos, la muerte, los días, las noticias morbosas, la muerte, el tiempo, los nietos, el sol, la muerte la muerte la muerte.
Proserpina quiso no escuchar pero fue tan inevitable como respirar. Al llegar a su casa, sintió esa congoja de extrañar y después, de años volvió a leer aquellas cartas que escribió por noches y noches, durante tanto tiempo y la realidad le inyectaba una sobredosis de nostalgia.
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